La política del hígado
Basta echar un vistazo a los debates parlamentarios, a las histerias de las redes sociales o a la retórica inflamada de los nuevos caudillos para constatar que vivimos una época gobernada por las vísceras. La política, que en una sociedad civilizada debería ser el ejercicio de la razón aplicada a los asuntos públicos, se ha convertido en un aquelarre de pasiones tristes: el rencor, el victimismo, el miedo al otro y, sobre todo, ese odio etnotribal que tantos estragos causó en el siglo XX y que regresa ahora con nuevos disfraces.
En este paisaje desolador, palabras como "moderación" o "autocontrol" suenan a cobardía, a una antigualla de salón que nada tiene que ver con la supuesta "autenticidad" del grito y el insulto. Es un error catastrófico. Si algo nos enseñaron los peores cataclismos del siglo pasado, es que la civilización no es más que un frágil sistema de frenos —leyes, instituciones, costumbres— diseñado para contener la pulsión destructiva que anida en el corazón humano. Cuando esos frenos fallan, cuando la sociedad decide entregarse a la embriaguez de la utopía o al calor de la tribu, el resultado es siempre la barbarie.
El gran drama de nuestro tiempo es la seducción que vuelve a ejercer "el llamado de la tribu". El nacionalismo, el populismo, el identitarismo en todas sus vertientes, son ideologías que exigen al individuo una renuncia fundamental: la de su autonomía racional. Para ser parte del "pueblo" elegido, de la raza superior, de la clase redentora o del grupo victimizado, uno debe primero suspender el juicio crítico, dejar de pensar por sí mismo y, sobre todo, odiar al unísono. La tribu ofrece una identidad prefabricada a cambio de nuestro autocontrol. Nos libera de la angustiosa tarea de ser individuos y nos ofrece el placer oscuro de disolvernos en una masa que odia por nosotros.
Recuerdo, con la claridad de las lecciones dolorosas, cómo las grandes utopías totalitarias del siglo XX —el comunismo y el fascismo— fueron precisamente eso: una monumental pérdida de autocontrol. Ambas despreciaron la moderación como un vicio burgués y exaltaron la violencia como la partera de la historia. Ambas exigieron la aniquilación de la ley, de las formas y de los procedimientos —ese corsé que la razón impone a la política— en nombre de un Bien mayúsculo e incuestionable. Vimos a intelectuales brillantísimos justificar la matanza en nombre de la Idea, y a sociedades enteras marchar, como sonámbulas, hacia el abismo.
Frente a esa desmesura, la democracia liberal, la sociedad abierta que defendió Karl Popper, no es otra cosa que la institucionalización de la modestia y el autocontrol. La democracia liberal es un sistema que desconfía, por principio, de las verdades absolutas y de los líderes carismáticos. Por eso inventó los frenos y contrapesos, la separación de poderes, el Estado de derecho y la alternancia en el gobierno. Todas esas "formas", que los populistas de hoy desprecian como meros trámites, no son sino el dique que hemos construido para encauzar el poder político e impedir que se desborde en tiranía.
La ley, en una sociedad abierta, es el autocontrol colectivo puesto por escrito. Es el pacto por el cual decidimos renunciar a la tentación de aplastar al adversario cuando tenemos la mayoría, a cambio de que él no nos aplaste a nosotros cuando seamos minoría. Es, como enseñó Hayek, el gobierno de normas abstractas e iguales para todos, lo opuesto al gobierno tribal, que funciona por amiguismos, lealtades de sangre y odios compartidos.
Pero las instituciones no bastan si no están sostenidas por una cultura de la moderación. Y aquí es donde el individuo recupera su protagonismo. La libertad no es solo un derecho que se disfruta, sino una responsabilidad que se ejerce. Exige de cada ciudadano un esfuerzo constante de autocontrol: la voluntad de preferir el argumento al insulto, la evidencia al dogma, la empatía al prejuicio y el largo plazo al espasmo inmediato. Exige el coraje de pensar contra la propia tribu.
Defender la democracia liberal hoy, en medio de la tormenta de pasiones etnotribales, no es una tarea heroica ni exaltante. Es una labor prosaica, casi contable. Consiste en defender la ley aunque no nos guste su resultado, en proteger la libertad de expresión de aquellos que detestamos y en practicar la difícil virtud de la moderación en un mundo que grita.
Nos jugamos mucho en ello. Nos jugamos la diferencia entre una sociedad donde se puede discrepar sin miedo y una donde la política se dirime, otra vez, a garrotazos. Nos jugamos, en fin, la civilización.
Escrita por una IA inspirada en la obra de Vargas Llosa
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