La cultura en el banquillo
A finales de este mes, si el mundo no se ha despeñado antes por alguno de los barrancos que le abren a diario los profetas del apocalipsis y los demagogos con carné, se reunirá en Barcelona la conferencia MONDIACULT 2025. Burócratas y ministros de todo el orbe, bajo el amparo de la UNESCO, debatirán sobre el futuro de las políticas culturales. Leo los documentos preparatorios y reconozco, con un escalofrío que me es familiar, el lenguaje de las buenas intenciones: se habla de “industrias creativas”, de “derechos culturales” y de “la cultura como bien público global”. La prosa es impecable, los objetivos son loables. Y, sin embargo, en esa pulcritud tecnocrática anida un peligro tan viejo como la política misma: la tentación de convertir a la cultura en un instrumento al servicio de una causa, por muy noble que esta parezca.
No hablo desde la teoría. Recuerdo con nitidez los congresos de intelectuales de los años sesenta y setenta, en plena Guerra Fría, donde la literatura y el arte eran campos de batalla. Viajábamos a Estocolmo, a La Habana o a Pen Clubes de medio mundo a discutir sobre el compromiso del escritor, la novela como arma de la revolución o la poesía al servicio del pueblo. Detrás de las discusiones, a menudo bizantinas, latía una convicción que a muchos nos sedujo: que la cultura debía tener una utilidad social inmediata, que su función era acelerar la historia hacia el paraíso de la justicia. Aquel hechizo se rompió para mí, y para tantos otros, con el estruendo de los tanques soviéticos en Praga o con la humillación pública de poetas disidentes en Cuba. Aprendimos, con la amargura de quien despierta de un sueño dogmático, que cuando la política le dicta la agenda a la cultura, la primera víctima es siempre la libertad de creación, y la segunda, la verdad.
Esa lección, pagada con el exilio, la cárcel o el ostracismo de tantos creadores del siglo XX, parece hoy olvidada. Vivimos tiempos de una polarización asfixiante, donde la tribu —ya sea nacionalista, ideológica o identitaria— reclama una lealtad absoluta. El populismo, de izquierdas o de derechas, no quiere una cultura que plantee preguntas incómodas, sino una que confirme sus mitos y movilice a sus fieles. Exige un arte que sea espejo de sus certezas, no una ventana a las complejidades y contradicciones de la condición humana. Del otro lado, una nueva beatería identitaria, atrincherada en campus universitarios y redacciones, pretende purificar la cultura del pasado con la intransigencia de un tribunal teológico, cancelando obras y autores que no se ajustan a su catecismo moral del presente. Ambas pulsiones, aunque antagónicas en sus pretextos, comparten un mismo afán autoritario: someter la libre y caótica aventura del espíritu a la disciplina de un dogma.
Por eso, una conferencia como MONDIACULT debería servir, antes que nada, para recordar una idea sencilla, pero que a mí me parece la piedra angular de toda sociedad decente, tal y como la defendieron pensadores como Karl Popper o Isaiah Berlin. La cultura no es un “bien público” que el Estado deba administrar como si fuera una red de alcantarillado, sino un ecosistema de libertades individuales. Su función no es cohesionar a la sociedad en torno a un único relato —ese es el sueño de los totalitarios—, sino precisamente lo contrario: fomentar la disidencia, la crítica, la individualidad y esa insatisfacción con el mundo tal como es, que ha sido siempre el motor de las más grandes creaciones artísticas y del progreso civil.
Una política cultural verdaderamente liberal no debería aspirar a definir “agendas globales”, sino a garantizar las condiciones para que los creadores puedan trabajar sin miedo y los ciudadanos puedan acceder a sus obras sin tutelas. Esto no se logra con grandes declaraciones, sino con medidas concretas: defendiendo a rajatabla la libertad de expresión frente a las turbas ofendidas y los censores de nuevo cuño; asegurando que las instituciones culturales públicas —museos, teatros, bibliotecas— estén al servicio de la excelencia y la pluralidad, no de la ideología del gobierno de turno; y, sobre todo, fomentando desde la escuela esa forma suprema de la cultura que es la lectura. Una sociedad de lectores, habituados a vivir en los libros las vidas que no tienen, a dialogar con los muertos ilustres y a poner en cuestión sus propias certidumbres, es el antídoto más eficaz contra el simplismo embrutecedor de la propaganda.
Me temo que poco de esto se discutirá en Barcelona. Probablemente oiremos hermosos discursos sobre cómo la cultura puede ayudarnos a cumplir los Objetivos de Desarrollo Sostenible, a combatir el cambio climático o a promover la igualdad de género. Todas ellas, causas magníficas. Pero la cultura no es un criado de la moral pública. La Madame Bovary de Flaubert no nos enseña a ser mejores ciudadanos, sino a comprender la complejidad del deseo; el Ulises de Joyce no promueve la cohesión social, sino que la dinamita con una explosión de lenguaje.
Si la cultura ha de ser un bastión de la libertad en estos tiempos sombríos, no será porque los gobiernos y los comités internacionales le encomienden una misión, sino porque los creadores seguirán ejerciendo su soberanía en la soledad de su estudio y porque habrá lectores, espectadores y oyentes que buscarán en sus obras no un catecismo, sino una aventura. Defender esa soberanía individual, ese espacio indómito donde un hombre o una mujer se enfrentan a sus demonios y a los de su tiempo, es la única política cultural que merece de verdad la pena. Todo lo demás corre el riesgo de ser, como tantas veces en la historia, una filantropía con la guillotina escondida en la manga.
No hablo desde la teoría. Recuerdo con nitidez los congresos de intelectuales de los años sesenta y setenta, en plena Guerra Fría, donde la literatura y el arte eran campos de batalla. Viajábamos a Estocolmo, a La Habana o a Pen Clubes de medio mundo a discutir sobre el compromiso del escritor, la novela como arma de la revolución o la poesía al servicio del pueblo. Detrás de las discusiones, a menudo bizantinas, latía una convicción que a muchos nos sedujo: que la cultura debía tener una utilidad social inmediata, que su función era acelerar la historia hacia el paraíso de la justicia. Aquel hechizo se rompió para mí, y para tantos otros, con el estruendo de los tanques soviéticos en Praga o con la humillación pública de poetas disidentes en Cuba. Aprendimos, con la amargura de quien despierta de un sueño dogmático, que cuando la política le dicta la agenda a la cultura, la primera víctima es siempre la libertad de creación, y la segunda, la verdad.
Esa lección, pagada con el exilio, la cárcel o el ostracismo de tantos creadores del siglo XX, parece hoy olvidada. Vivimos tiempos de una polarización asfixiante, donde la tribu —ya sea nacionalista, ideológica o identitaria— reclama una lealtad absoluta. El populismo, de izquierdas o de derechas, no quiere una cultura que plantee preguntas incómodas, sino una que confirme sus mitos y movilice a sus fieles. Exige un arte que sea espejo de sus certezas, no una ventana a las complejidades y contradicciones de la condición humana. Del otro lado, una nueva beatería identitaria, atrincherada en campus universitarios y redacciones, pretende purificar la cultura del pasado con la intransigencia de un tribunal teológico, cancelando obras y autores que no se ajustan a su catecismo moral del presente. Ambas pulsiones, aunque antagónicas en sus pretextos, comparten un mismo afán autoritario: someter la libre y caótica aventura del espíritu a la disciplina de un dogma.
Por eso, una conferencia como MONDIACULT debería servir, antes que nada, para recordar una idea sencilla, pero que a mí me parece la piedra angular de toda sociedad decente, tal y como la defendieron pensadores como Karl Popper o Isaiah Berlin. La cultura no es un “bien público” que el Estado deba administrar como si fuera una red de alcantarillado, sino un ecosistema de libertades individuales. Su función no es cohesionar a la sociedad en torno a un único relato —ese es el sueño de los totalitarios—, sino precisamente lo contrario: fomentar la disidencia, la crítica, la individualidad y esa insatisfacción con el mundo tal como es, que ha sido siempre el motor de las más grandes creaciones artísticas y del progreso civil.
Una política cultural verdaderamente liberal no debería aspirar a definir “agendas globales”, sino a garantizar las condiciones para que los creadores puedan trabajar sin miedo y los ciudadanos puedan acceder a sus obras sin tutelas. Esto no se logra con grandes declaraciones, sino con medidas concretas: defendiendo a rajatabla la libertad de expresión frente a las turbas ofendidas y los censores de nuevo cuño; asegurando que las instituciones culturales públicas —museos, teatros, bibliotecas— estén al servicio de la excelencia y la pluralidad, no de la ideología del gobierno de turno; y, sobre todo, fomentando desde la escuela esa forma suprema de la cultura que es la lectura. Una sociedad de lectores, habituados a vivir en los libros las vidas que no tienen, a dialogar con los muertos ilustres y a poner en cuestión sus propias certidumbres, es el antídoto más eficaz contra el simplismo embrutecedor de la propaganda.
Me temo que poco de esto se discutirá en Barcelona. Probablemente oiremos hermosos discursos sobre cómo la cultura puede ayudarnos a cumplir los Objetivos de Desarrollo Sostenible, a combatir el cambio climático o a promover la igualdad de género. Todas ellas, causas magníficas. Pero la cultura no es un criado de la moral pública. La Madame Bovary de Flaubert no nos enseña a ser mejores ciudadanos, sino a comprender la complejidad del deseo; el Ulises de Joyce no promueve la cohesión social, sino que la dinamita con una explosión de lenguaje.
Si la cultura ha de ser un bastión de la libertad en estos tiempos sombríos, no será porque los gobiernos y los comités internacionales le encomienden una misión, sino porque los creadores seguirán ejerciendo su soberanía en la soledad de su estudio y porque habrá lectores, espectadores y oyentes que buscarán en sus obras no un catecismo, sino una aventura. Defender esa soberanía individual, ese espacio indómito donde un hombre o una mujer se enfrentan a sus demonios y a los de su tiempo, es la única política cultural que merece de verdad la pena. Todo lo demás corre el riesgo de ser, como tantas veces en la historia, una filantropía con la guillotina escondida en la manga.
Artículo escrito por un avatar (IA) de Vargas Llosa
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