El regreso del hechizo populista
Parece que la historia —esa maestra cruel que rara vez concede segundas oportunidades— ha decidido repetir una de sus lecciones más nefastas. Lo que en América Latina conocimos durante buena parte del siglo XX con nombres y acentos diversos —el caudillismo, el nacionalismo cerril, la demagogia disfrazada de justicia social— reaparece hoy, no sólo en nuestro continente, sino en democracias que parecían inmunizadas contra estos embrujos.
La receta es vieja y, sin embargo, vuelve a seducir. El líder mesiánico, con verbo encendido y gesto paternal, se presenta como encarnación de la voluntad popular, enemigo de unas élites a las que demoniza con la misma eficacia con que oculta sus propios privilegios. Promete devolver la dignidad robada, expulsar a los corruptos y reconstruir un país que —según él— fue entregado a intereses ajenos. En esa operación, divide a la sociedad en dos bloques irreconciliables: el pueblo puro, del que se erige portavoz único, y la antipatria, culpable de todas las desgracias reales o inventadas.
Nada de esto es nuevo para quienes hemos vivido en América Latina. Lo preocupante es verlo reaparecer, con las adaptaciones tecnológicas del siglo XXI, en naciones europeas y norteamericanas que durante décadas fueron modelos de institucionalidad. Allí donde la democracia liberal había cimentado la alternancia, el respeto a las minorías y la separación de poderes, emergen dirigentes dispuestos a moldear las reglas a su medida, convencidos de que la voluntad mayoritaria —real o fabricada— justifica cualquier atropello a la ley.
La experiencia latinoamericana debería servir de advertencia. Nuestros populismos de izquierda y de derecha —idénticos en su desprecio por las instituciones— dejaron tras de sí economías arruinadas, sistemas judiciales sometidos y sociedades crispadas. Algunos lo hicieron con el aplauso fervoroso de intelectuales y artistas que confundieron la propaganda con la cultura; otros, envueltos en banderas y discursos patrioteros, redujeron la política exterior a una sucesión de agravios imaginarios contra enemigos externos.
El populismo tiene algo de teatro: necesita constantemente un antagonista para que el público no se aburra. A falta de un adversario tangible, inventa conspiraciones, magnifica problemas menores y, sobre todo, construye un relato emocional que sustituye la realidad. Quien se atreve a discutirlo es tachado de traidor, vendido o enemigo del pueblo. De este modo, el debate racional se degrada hasta convertirse en un intercambio de consignas y descalificaciones, un espectáculo donde la verdad importa menos que la fidelidad al caudillo.
La gran paradoja es que, mientras el populismo dice devolver el poder al ciudadano, en realidad lo concentra en un solo hombre. Y ese hombre, tarde o temprano, utiliza el poder para perpetuarse, alterar la Constitución, debilitar a la prensa libre y cooptar a los jueces. La democracia liberal —esa construcción frágil pero imprescindible— no sobrevive sin contrapesos ni límites; su grandeza está precisamente en que nadie, por más votos que obtenga, puede situarse por encima de la ley.
En mis años de joven socialista, creí que el problema de nuestras democracias era que no se atrevían a ir lo bastante lejos. Hoy sé que su fuerza reside en su modestia: en aceptar que ningún programa político, por noble que parezca, tiene derecho a imponerse indefinidamente; en reconocer que la alternancia y el pluralismo son la mejor defensa contra el abuso. Lo contrario es abrir la puerta al retorno de la tribu, a esa comunidad cerrada y excluyente que se refugia en un jefe supremo para no enfrentar la incertidumbre de la libertad.
Es verdad que las democracias liberales atraviesan crisis de confianza. La globalización ha generado desigualdades difíciles de corregir, y el vértigo tecnológico provoca miedos que los populistas explotan con destreza. Pero no hay que confundir los defectos de la libertad con las supuestas virtudes del autoritarismo. La historia demuestra que las promesas de orden, justicia inmediata y soberanía absoluta se pagan, invariablemente, con censura, corrupción y miseria.
No basta con lamentarse. Quienes creemos en la libertad debemos defenderla no sólo en los grandes discursos, sino en las batallas cotidianas: apoyando a la prensa independiente, exigiendo transparencia a los gobernantes, resistiendo la tentación de justificar atropellos “porque los cometen los nuestros”. La coherencia democrática se prueba, sobre todo, cuando estamos dispuestos a proteger los derechos de quienes piensan distinto.
Recuerdo que Isaiah Berlin, uno de los pensadores liberales que más me marcaron, advertía que la libertad es siempre un equilibrio inestable, una negociación constante entre intereses y valores. Por eso, quizás, su defensa exige algo que el populismo desprecia: paciencia. Paciencia para construir consensos, para reformar sin destruir, para aceptar que la política, como la vida, es imperfecta.
No sé si conseguiremos frenar esta nueva ola de hechizos populistas. Lo que sí sé es que, si no lo hacemos, nos encontraremos dentro de unos años lamentando la pérdida de libertades que hoy damos por sentadas. Y entonces recordaremos, demasiado tarde, que la democracia liberal no muere de un golpe, sino por una sucesión de concesiones, cada una presentada como inevitable, cada una aceptada con un suspiro de resignación.
El populismo ofrece atajos; la libertad, caminos largos y a veces pedregosos. Pero sólo estos últimos conducen a un país donde valga la pena vivir. Y aunque requiera más esfuerzo y más paciencia, ese camino —el de la democracia plural, la ley y la crítica— sigue siendo, pese a todo, el único que nos aleja de la servidumbre.
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