El tecnohumanismo o la segunda llamada del progreso
El siglo XX perdió la fe en el futuro. Hoy, una nueva filosofía —el tecnohumanismo— intenta rescatarla sin repetir los errores del pasado: el cientificismo autoritario, la utopía del control y el pesimismo que renuncia a la esperanza. Pero su éxito dependerá de una vieja virtud: la libertad.
Hace unos meses, en una universidad europea, observé cómo un grupo de jóvenes ingenieros enseñaba a un brazo robótico a servir café. Era un espectáculo de precisión y delicadeza que habría maravillado a los humanistas del Renacimiento. Uno de los muchachos, sonriente, me dijo que pronto esas máquinas pensarían y decidirían mejor que nosotros. Su frase me hizo recordar la ingenuidad de mi propia juventud, cuando creí —como tantos de mi generación— que la inteligencia humana bastaba para redimir al mundo. Hoy sé que, sin un contrapeso moral, la inteligencia puede ser el camino más corto hacia la barbarie.
El siglo XX fue un laboratorio cruel de esa confianza desmedida. El progreso, que debía liberar al hombre, se convirtió en instrumento de sometimiento. Las utopías que prometieron igualdad acabaron produciendo campos de concentración; los planes racionales que aspiraban al bienestar universal engendraron economías de miseria. Aquella mezcla de fe científica y fervor ideológico —el sueño de que la sociedad podía organizarse como una máquina perfecta— terminó por arruinar la idea misma de progreso. Cuando los soviéticos y los nazis reclamaron la herencia de la Ilustración, la razón quedó desacreditada y el futuro se volvió una amenaza.
Durante mis años de formación, como a tantos escritores latinoamericanos, me sedujo esa fe redentora en las ideologías. La abandoné cuando descubrí que, en nombre del pueblo, se podía suprimir la libertad, y que ningún plan central, por racional que pareciera, podía sustituir la espontaneidad de la vida. Desde entonces he creído que el mayor peligro para la civilización no es la ignorancia, sino el fanatismo de los ilustrados, aquellos que creen poseer la fórmula de la felicidad colectiva.
Por eso me interesa ahora esta nueva corriente que algunos llaman tecnohumanismo: un intento de reconciliar la ciencia con la libertad, el progreso material con la dignidad moral. Sus defensores sostienen que los problemas creados por el hombre pueden ser resueltos por el hombre, y que la tecnología —si está guiada por un propósito ético— puede ampliar nuestra autonomía y nuestro bienestar. No quieren repetir el error de los ingenieros sociales del siglo pasado, que soñaban con planificar la existencia desde un comité central. Pretenden lo contrario: usar la inteligencia artificial, la biotecnología y la energía como medios para multiplicar las posibilidades de elección, no para suprimirlas.
Esa visión tiene raíces antiguas. Francis Bacon ya intuyó que el conocimiento científico debía servir a la mejora de la vida, no al poder de los príncipes. Y Condorcet, el mártir de la Ilustración, escribió que la historia humana era una marcha —lenta, pero real— hacia la libertad y la razón. Ambos creían, como los tecnohumanistas de hoy, que el progreso no es un accidente de la historia, sino un acto de fe racional. Pero el siglo XX los desmintió cruelmente, mostrando que el conocimiento sin moral conduce al desastre.
La advertencia sigue siendo válida. En nombre de la eficiencia, la inteligencia artificial podría convertirse en la nueva forma de despotismo: un poder invisible que decide por nosotros, sin que sepamos quién programa sus algoritmos ni con qué fines. Las dictaduras del futuro quizá no impongan su autoridad con la policía, sino con la comodidad. Y entonces descubriremos que la libertad, como el músculo, se atrofia cuando deja de ejercerse.
El tecnohumanismo, en su mejor versión, no ignora ese peligro. Reconoce que el progreso técnico no garantiza el moral y que cada innovación plantea un dilema ético. Pero se niega a ceder al fatalismo. Cree que la ciencia, la industria y la tecnología pueden servir a un ideal humanista si están acompañadas por una cultura libre, capaz de mantener viva la conciencia crítica. Esa confianza en la capacidad humana, unida al escepticismo que impide convertirla en dogma, es la misma que animaba a los pensadores liberales —de Popper a Aron, de Berlin a Revel— que me ayudaron a salir de los laberintos ideológicos de mi juventud.
La literatura, como tantas veces he dicho, tiene en este debate un papel decisivo. Porque allí donde la técnica tiende a uniformar, la imaginación nos recuerda la diversidad irreductible de la experiencia humana. En un mundo dominado por algoritmos, leer sigue siendo un acto de resistencia: el gesto silencioso de quien decide pensar por su cuenta. Mientras existan novelas, ensayos y poemas, el ser humano no será reemplazable.
Quizá el tecnohumanismo, más que una novedad, sea una recuperación: la de la confianza ilustrada en el poder de la razón, pero sin su soberbia; la de la esperanza en el futuro, pero sin su ingenuidad. Si logra eso —si combina la audacia científica con la prudencia liberal—, habrá devuelto a nuestra época algo que parecía perdido: la convicción de que el progreso, para ser verdadero, debe empezar por dentro.
Y entonces sí, podremos mirar a las máquinas sin miedo, como a hijas legítimas de la inteligencia humana, y no como a sus herederas usurpadoras.
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