La ciudad abierta y sus miedos
Lloviznaba en Epping cuando la policía colocó, con esa ceremonia burocrática que suele tener la autoridad británica, unas vallas discretas frente al hotel donde se alojaban solicitantes de asilo. No era un gran escenario: apenas una fachada gris, un pub de esquina con olor a cerveza derramada, un puñado de vecinos con pancartas contra la “invasión” y, enfrente, otros tantos muchachos con carteles de “Refugees welcome”. Entre ambos grupos, una acera estrecha y una hilera de agentes que, más que impedir el paso, parecían custodiar el pudor de la ciudad. A un lado, un señor de bigote —jubilado, calculé— me dijo en voz baja: “Nos están cambiando el barrio”. Al otro, una joven con megáfono respondió, como si hubiera escuchado la queja: “Nadie es ilegal”. Aquella tarde, entre dos frases que se excluían, la lluvia cayó sobre todos por igual.
He visto esa escena repetirse, con pequeñas variaciones, en Manchester, en Londres y en no pocos pueblos de Europa donde la actualidad ha convertido un hotel anodino en metáfora. No es extraño que haya miedo: a las costumbres que se transforman sin pedir permiso, a la lengua que se nos vuelve ajena en la cola del supermercado, a la escuela donde nuestros hijos ya no escuchan sólo la historia familiar sino la de otros mundos. Tampoco es extraño que haya indignación: frente a la demagogia de quienes inflaman la tribu y frente a las redes sociales que convierten un delito en coartada para linchar a inocentes. La ciudad abierta, nos enseña la experiencia, es un pacto frágil entre verdades parciales. Y el liberalismo democrático —ese invento modesto y genial— es el conjunto de reglas que hace posible ese pacto sin que nadie deba arrodillarse ante nadie.
¿Cómo navegar el rechazo comprensible al cambio sin deslizarse hacia la xenofobia? ¿Cómo sostener una moral cosmopolita, integradora, sin caer en el relativismo que todo disculpa con la excusa de la identidad? En mis años londinenses, cuando pasaba las tardes escuchando a oradores improvisados en el Speakers’ Corner, aprendí que el cosmopolitismo no es un esnobismo sino una disciplina: aceptar que la libertad del otro —del raro, del discrepante, del recién llegado— es condición de la propia. Esa disciplina exige, sin embargo, algo que la consigna no da: una ética común, unas leyes generales que obliguen por igual al viejo vecino y al que acaba de desembarcar.
Isaiah Berlin lo dijo con una claridad difícil de mejorar: en la vida social no hay un solo Bien con mayúscula, sino bienes diversos que chocan y que debemos conciliar con prudencia. Popper añadió la advertencia práctica: la sociedad abierta se reconoce no por la pureza de sus fines, sino por los correctivos que tolera; lo decisivo no es la voluntad del líder, sino el límite que la crítica y la ley le imponen. Y Hayek, a su modo, recordó que la libertad cotidiana florece donde rigen normas abstractas y previsibles, no favores de tribu ni privilegios de casta. A esa trilogía de mis maestros —a los que dediqué La llamada de la tribu— conviene volver cuando la calle hierve y la tentación de las soluciones simples nos susurra al oído.
De esa lectura, y de una vida que me enseñó a desconfiar del caudillo y del dogma por igual, propongo un pequeño contrato cívico —poco lírico, si se quiere— para tiempos de desconcierto:
1. La ley como moral común. No hay costumbre, ni credo, ni origen que pueda situarse por encima del código penal ni de las libertades básicas. Quien roba o agrede responde ante los tribunales; su comunidad no es culpable ni inocente por contagio. Y quien, en nombre de la identidad, pretende relativizar la violencia (doméstica, religiosa, política) comete el mismo error que el xenófobo que criminaliza al extranjero por su pasaporte.
2. Hospitalidad con deberes. El Estado debe garantizar condiciones dignas para el que llega —techo, instrucción, atención básica, un camino claro a la inserción laboral—, pero esa hospitalidad implica aceptar, sin letra pequeña, la igualdad de hombres y mujeres, la libertad de conciencia (incluida la de no profesar ninguna) y la libertad de orientación sexual. No es eurocentrismo; es el fruto universal de batallas que costaron lágrimas y cárceles.
3. Integración como proximidad. No se integra nadie por decreto ni por sermón. Se integra en la escuela mixta donde se aprende la lengua del país y se oyen, junto a los cuentos del abuelo, las historias de los abuelos de otros; en el trabajo donde el mérito pesa más que la genealogía; en un barrio que evita el gueto y premia la mezcla. Si la autoridad abdica —si deja la calle al matón o al agitador—, la tribu ocupará, rauda, ese vacío.
4. Combatir a los extremos sin copiar sus métodos. La respuesta a la ultraderecha no puede ser un nuevo inquisidor que reparta certificados de humanidad, ni la censura preventiva en festivales, universidades o periódicos. La cultura que exige juramentos previos para hablar se vuelve, en poco tiempo, un catecismo; y el catecismo —esa superstición de la pureza— es siempre antónimo de la libertad.
5. Pedagogía de lo cotidiano. Tocqueville enseñó que las democracias se sostienen menos en sus constituciones que en sus hábitos: la cortesía en el autobús, el respeto a la policía cuando actúa dentro de la ley, el orgullo de pagar impuestos que financian escuelas donde aprenderá el recién llegado. Esa modesta educación cívica vale más, a la larga, que cien campañas ministeriales.
No me escandaliza que el vecino de Epping tema perder el barrio de su infancia; el arraigo también es un derecho. Me escandaliza, sí, que alguien convierta ese temor en licencia para humillar al débil, o que la política, por cálculo, lo explote hasta incendiar la plaza. Tampoco me escandaliza que una joven con megáfono invoque la hospitalidad; lo que me alarma es que, en nombre de esa hospitalidad, algunos le nieguen al disidente la palabra, o exijan un nihil obstat ideológico para entrar al aula o al escenario. La ciudad abierta no necesita santos; necesita ciudadanos que se soporten y se respeten, y autoridades que apliquen la ley con justicia y sin miedo.
Sé que esta posición carece del encanto épico que ofrecen los vendedores de certezas: los unos prometen pureza mediante muros; los otros, redención mediante consignas. Pero la vida civilizada no avanza con epopeyas sino con acuerdos: con la paciencia de mezclarse sin disolverse, con la humildad de renunciar a imponer el propio absoluto, con la voluntad de sostener instituciones que nos protegen de nosotros mismos. En el liberalismo hay algo de prosa —de trámite, de formulario, de tiempo muerto— que irrita a los temperamentos románticos; y, sin embargo, es esa prosa la que, día tras día, salva a las minorías del capricho mayoritario y a las mayorías del chantaje de las sectas.
Vuelvo a la acera mojada de Epping. El señor del bigote dobló su pancarta y se fue a casa en silencio. La muchacha del megáfono guardó el aparato en una mochila y abrazó a un amigo. Los policías levantaron las vallas con el mismo ritmo parsimonioso con que las habían puesto. Nadie “ganó” esa tarde; la ciudad, que es el arte de perder un poco cada cual para que no perdamos todos, siguió su rutina. Me temo que a esto debemos aspirar: a puertas que acojan y a umbrales que nos obliguen —a todos, sin excepción— a limpiarnos los zapatos antes de entrar; a una ley que sea lenguaje común; y a una imaginación literaria que, sin pedirnos traicionar quiénes somos, nos permita ensayar por un instante la vida ajena, que es la manera menos cruenta, y quizá la más civilizada, de aprender a convivir.
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