Contra el olvido: por qué necesitamos “Estudios del totalitarismo”
Hace unos días leí a un articulista norteamericano proponer, con el tono pragmático de quien quiere arreglar una tubería antes de que se inunde la casa, la creación de unos “Estudios del Totalitarismo”: una disciplina transversal, enseñada en colegios y universidades, que nos inmunice —a dosis de memoria y espíritu crítico— contra el atractivo mortífero de las utopías cerradas. La idea es tan simple que asombra que no la hayamos convertido ya en política pública. Y, sin embargo, aquí estamos, en una época que trivializa las palabras y confunde la sátira con la historia, repitiendo descuidos que el siglo XX nos advirtió con sangre.
No hablo desde la torre de marfil. Recuerdo, con una mezcla de vergüenza y gratitud, mis entusiasmos juveniles por revoluciones que prometían redimir a los pobres de la Tierra. En 1971, cuando el poeta cubano Heberto Padilla fue humillado en una autocrítica pública que parecía escenografía de un tribunal teológico, comprendí —yo y muchos otros— que el socialismo real exigía sacrificios que empezaban por la libertad y terminaban, a menudo, en la dignidad. Aquel acto, el “Padillazo”, fue mi ruptura con un hechizo. Desde entonces supe que la literatura y la política sólo son compatibles bajo la condición de la sociedad abierta, ese régimen modesto en el que el disidente no es un traidor sino un ciudadano con preguntas.
Esa convicción se me afianzó leyendo a tres maestros del liberalismo. Isaiah Berlin nos advirtió que no existe un Bien único con mayúscula, sino bienes plurales que chocan y deben conciliarse con prudencia; la vida moral es comercio, no dogma. Karl Popper recordó que las grandes catástrofes empiezan con un supuesto benigno —que la historia tiene un sentido y los iluminados lo conocen— y recomendó el reformismo paciente frente a las reconstrucciones totales, porque sólo los pasos cortos permiten corregir el error sin demoler la casa con los inquilinos dentro. Friedrich Hayek, por su parte, enseñó que la libertad cotidiana florece donde rigen normas abstractas y previsibles, no favores de tribu ni privilegios de casta, y que la ley —la buena ley— es precisamente ese freno que impide a la mayoría convertir su entusiasmo en tiranía.
Imagino, entonces, cómo podrían ser esos Estudios del Totalitarismo. No un museo de horrores visitado los jueves por escolares aburridos, sino una gimnasia cívica: leer documentos, ver películas prohibidas, escuchar voces silenciadas, oler el papel de archivos donde todavía late la respiración entrecortada de los que se atrevieron a decir “no”. Cuando Alexandr Solzhenitsin denunció la confiscación de manuscritos y la manipulación de textos para difamarlo, no lloraba su biografía: mostraba el mecanismo frío de la censura como política de Estado, ese torno que ajusta, un milímetro cada día, la garganta de una sociedad entera. Que los jóvenes lo lean con sus propios ojos vale más que mil sermones bienintencionados.
No se trataría sólo de repasar el nazismo —cuya pedagogía del mal exige atención perpetua—, sino de estudiar con rigor la tradición totalitaria en sus dos grandes vertientes del siglo pasado: la nacionalsocialista y la comunista, con todas sus variantes, imitaciones y “ablandamientos” retóricos. Es un error didáctico y moral convertir a una en el Mal absoluto y a la otra en una curiosidad romántica. Ambas destruyeron la libertad; ambas fabricaron mitologías; ambas sacrificaron vidas en aras de un porvenir redentor. El programa debería comparar, con instrumentos equivalentes, su propaganda, su economía política del miedo, su culto al líder, sus técnicas de control y delación, sus aparatos judiciales que, con el vocabulario de la justicia, administraron la injusticia.
En ese currículo caben también las responsabilidades de los intelectuales. Quien haya vivido el tránsito de la fascinación juvenil al escepticismo liberal sabe que las musas pueden convertirse en policías si se las invita al ministerio. La tentación de la tribu —ese llamado de pertenencia absoluta que transforma la crítica en sacrilegio— acecha en campus, festivales y redacciones. Cuando la cultura exige juramentos previos para conceder la palabra o decreta boicots purificadores, la libertad de creación empieza a tener miedo de sí misma; y una cultura que recita catecismos termina pareciéndose demasiado a aquello que dice combatir.
Para contrapesar la oscuridad, yo guardo algunos refugios. En 1976 viajé por primera vez a Jerusalén, con los escombros de mis certezas todavía sobre la espalda, y esa visita —entre kibutzim, bibliotecas y conversaciones interminables— me enseñó que las sociedades libres no son milagros espontáneos, sino carpinterías morales: mezclar gentes diversas bajo leyes iguales, admitir que la plaza no sea la parroquia, aceptar que el desacuerdo no rompa la comunidad. Allí confirmé que el liberalismo no es una teoría de salón, sino una artesanía cívica hecha de reglas, límites, frenos y contrapesos que permiten convivir a tribus rivales sin devorarse.
De esa experiencia y de esas lecturas se desprende un pequeño decálogo, o mejor, tres lecciones que esos Estudios del Totalitarismo deberían enseñar sin rodeos:
Primera: la prioridad de la ley sobre el mito. Todas las utopías cerradas empiezan disolviendo el límite jurídico con la coartada de la Historia, la Raza o el Pueblo. Saberlo obliga a una alerta práctica: cuando una mayoría gana y proclama que “el mandato popular” autoriza cualquier cosa, ahí debe sonar la alarma. El Estado de derecho no es un trámite: es la coraza de los disidentes, esos molestos que mañana podemos ser usted o yo. Popper, otra vez, con su consejo antiepopeya: mejor la enmienda que la refundación.
Segunda: la defensa de la cultura como espacio sin dogmas. A los totalitarismos no se les gana sólo con leyes: se les derrota en los teatros, en los periódicos, en las aulas, donde el espíritu aprende a decir “no” sin pedir permiso. Releer hoy a los disidentes —Koestler, Miłosz, Havel, Solzhenitsin— no es arqueología, es aprendizaje de valentía civil. La libertad estética, cuando existe de veras, hace insoportable la policía del pensamiento.
Tercera: la pedagogía de la desconfianza. Toda promesa de pureza —racial, de clase, moral, identitaria— es un programa de exclusión en diferido. Los Estudios deberían ejercitar la sospecha frente al verbo redentor: mapear sus hipérboles, desmontar sus números mágicos, mostrar cómo el líder, en nombre de la igualdad perfecta, reclama facultades que ninguna persona decente debería conceder ni para su peor enemigo.
No es casual que aquella propuesta incluyera una sugerencia útil: elegir un caso y documentarlo a fondo, con la tenacidad del historiador y la curiosidad del periodista. Sugería Bulgaria, en los estertores del comunismo, como si se tratara de fijar en papel una autopsia pedagógica antes de que los culpables se fuguen del expediente. No estaría mal empezar por ahí —o por cualquier archivo accesible— y convertir ese método en rutina escolar. El archivo es antídoto contra la mentira retrospectiva; el documento, esa dura corteza de la verdad, corta las leyendas con la precisión de un escalpelo.
Algunos dirán que exagero; que el totalitarismo pertenece a los manuales, no a la vida diaria. No lo creo. Sus derivaciones blandas —el tribalismo identitario, el nacionalismo rencoroso, el populismo que en nombre del pueblo socava la justicia— están vivas incluso en democracias ejemplares. El mal no regresa con botas de montar y brazaletes, sino con seminarios, etiquetas, algoritmos y una sensibilidad que confunde crítica con blasfemia. Si algo me ha enseñado medio siglo de leer y escribir, es esto: las sociedades abiertas mueren por anemia, no por apoplejía; dejan de defender, gota a gota, aquello que las hace decentes, y un día descubren que la costumbre del “no pasa nada” ha pasado por encima de todo.
La tarea no es heroica: es escolar. Un currículo que una a Popper y Arendt con testimonios de víctimas; que compare consignas de ayer y de hoy; que enseñe a distinguir, en la propaganda, las notas del viejo himno autoritario; que haga del archivo un gimnasio moral y de la literatura un entrenamiento de empatía. Estudios del Totalitarismo no para sobremesas solemnes, sino para adolescentes que mañana votarán, editarán periódicos y programarán máquinas.
Si me preguntan por qué ahora, diré que por higiene cívica. Y por gratitud. Gratitud a quienes, en los peores años del siglo pasado, escribieron —a riesgo de su libertad o de su vida— para que nosotros pudiéramos leer en voz alta. Les debemos una cosa muy modesta: recordar con método, debatir sin miedo, desconfiar de todo Mesías y preferir, siempre, la prosa discreta de la ley a la música hipnótica de la tribu. Ese es, a fin de cuentas, el programa mínimo de cualquier sociedad que no quiera volver a aprender, con lágrimas, lo que ya estaba escrito.
Escrito por una IA, inspirada en la obra de Vargas Llosa
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